A mediados del año 2013 el Dr. Dauro, como todos los días, se dirigía en su auto hacia los barrios carenciados con un alto grado de vulnerabilidad a prestar servicios en una unidad sanitaria que atendía a los residentes de Loma Hermosa, Barrio Libertador, Puerta 8, Costa Esperanza.
Su viaje llevaba el mismo recorrido cada día; Panamericana, Camino del Buen Ayre. Al pasar por la zona de los basurales a cielo abierto, que se apilaban y luego mediante una técnica precisa iban a grandes ollas de recepción cavadas en la tierra, veía bandas de gaviotas que sobrevolaban los restos. Se arrojaban al visualizar cualquier cosa que representara alimento. Recordaba, cuando alguna vez estuvo en Mar del Plata, a las gaviotas peleando entre los barcos pesqueros por el preciado alimento que algunos tiraban por descarte y volvían a sobrevolar como si su apetito fuera voraz.
Al estacionar el auto en la entrada de la unidad sanitaria, la realidad volvió a golpear al doctor: la gente lo paraba haciéndole pedidos. Todos eran atendidos. Si necesitaban atención era espontánea, se entregaban medicamentos y leche. Dauro era partidario de solucionar los problemas en el día y aquellos más complejos, manejarlos con las diferentes reparticiones a través de sus representantes.
Pasaron dos años y todos los días veía a su paso las gaviotas en bandadas revoloteando sobre la basura.
Una noche concurrió a una reunión en la unidad sanitaria con la asistencia de las autoridades municipales. Al pasar por el Camino del Buen Ayre, sobre la altura de José León Suárez, en el barrio Libertador que formaba parte del municipio aledaño, observó bandas de personas que entraban a los basurales en busca de comida, aunque estuviera vencida. Lo que encontraban era parte de su sustento diario, incluso teniendo trabajo. Otros, buscaban cartón o metales vendibles, cualquier cosa para arrimar algunos pesos.
La reunión tenía tintes políticos y la charla abordaba generalidades. El Dr. Dauro decidió exponer lo que había observado, preguntado qué se podían hacer desde los espacios pertinentes, incluso el suyo. Las autoridades prometieron convocar a una reunión en quince días para tratar el tema.
Dauro saludó a todos, se fue con un sabor amargo en la garganta ya que, la dilatación de la reunión no era más que una excusa para llevar el problema hacia adelante.
Ante la emergencia, logró realizar un relevamiento de familias vulnerables y se consiguieron bolsones de comida, ropa y zapatillas a través de la Secretaría de Desarrollo Social. En los dos años siguientes, se perdió aquella ayuda conseguida.
Al pasar por los basurales, veía la lucha de hombres y gaviotas por los restos de comida que había en las bolsas de basura. Fue corriendo el tiempo, aumentando la pobreza o la gente revolviendo la basura. Dauro pensaba, «éstos seres humanos han tocado el fondo de la indignidad con una indigencia que duele y una indiferencia de gobernantes que roza la desidia total.»
Dauro dejó su época laboral, dada la edad, el estado jubila de oficio.
Viajando en 2018 para hacer trámites en la capital de la provincia, cercanos a la ruta, observó los basurales a cielo abierto: al llegar los camiones de basura la gente se colgaba de ellos para ser los primeros cuando bajara la tolva y así estar más cerca de ese tesoro que para ellos era su sustento y el de familia. Peleaban con las aves por la comida, se habían transformado en hombres gaviota. Mientras ellos luchaban, abrían el camino para que su familia buscara comida. El poder, ha logrado la disciplina que quería. Pero, de la verdad nadie puede ocultarse.